Las otras madres de mayo – enero de 1984

Las otras madres de mayo

Publicado en la revista «Fuerza Nueva» (nº 857, del 7 al 21 de enero de 1.984)

No voy a negar o a afirmar algo que desconozco. Y lo que desconozco es que haya habido o dejado de haber excesos, abusos o equivocaciones en la re­presión del terrorismo en Argentina. Para esto están los Tribunales de justicia. Pero obsérvese que hablo de Tribunales y de justicia, pues no basta que se constituya un tribunal y que dicte sentencia para que la justicia se imponga. Tribunales presuntivamente injustos, por razón de los prejuicios de quienes los componen, de la presión de quienes los designan, o del ambiente crispado en que funcionan, han dictado en el curso de la historia sentencias crueles y sanguinarias. La justicia supone la imparcialidad, la instrucción objetivadora de los hechos, el análisis cuidadoso de las circunstancias, la valoración de todos y cada uno de los elementos concurrentes en el supuesto estudiado y en la persona o personas a las cuales se juzga. Y para ello, lo más acertado sería que Tribu­nales como los que hoy se ocupan de la represión del terrorismo en Argentina estuvieran constituidos por magistrados miembros de un organismo internacional, ajenos a las pasiones revanchistas y a las motivaciones de carácter político que ahora sacuden a la nación hermana.

Hoy no hay nadie con sentido común que estime justas las sentencias dictadas por el famoso Tribunal de Núremberg, y ello no sólo por razón de las penas capitales que en virtud de las resoluciones dictadas se ejecutaron, ni por el hecho de que los crímenes de guerra sólo se hubieran cometido por una de las partes (viendo la paja en el ojo ajeno y desconociendo la viga en el propio), sino por el argumento simple y elemental de que los jueces pertenecían tan sólo a uno de los bandos que intervinieron en la contienda.

Tampoco trato ahora de esgrimir argumentos a favor del régimen mili­tar argentino, dechado de todos los desaciertos, corrompido en su cúspide, en­tregado a las fuerzas secretas del más variado signo y empobrecedor de un país con riqueza ilimitada. La cúspide militar argentina, que tuvo la oportunidad de rehacer la nación, quiso enredarse en la política sucia de los intereses bastardos y no aprovechó la fácil coyuntura del momento en que asumió el poder, para dar vida a un movimiento civil que respaldase a las Fuerzas Armadas, primero, y lo sustituyera en el mando, después.

Con un enorme complejo de inferioridad, golpeado por dentro y por fuera y defraudando al final la ilusión del pueblo, que lo olvidaba y perdonaba todo ante el llamamiento de Las Malvinas, el régimen argentino tenía forzosamente que caer. Argentina ha vuelto a la situación crítica de la que la intervención militar pudo salvarla con carácter definitivo.

El profesor Genta, asesinado por la guerrilla en Buenos Aires, en sus magníficos trabajos «Seguridad y Desarrollo» y «El nacionalismo argentino», al señalar con acierto la misión de las Fuerzas Armadas, escribía: «la responsabi­lidad frente al peligro mortal que amenaza a la Patria en su misma existencia, no puede ser asumido por militares con mentalidad y espíritu meramente profesionales. Lo que más necesitan es una formación doctrinal que les permita asumir realmente la defensa de la soberanía, de la integridad y del honor de la Nación y enfrentarse de veras a la acción del terrorismo económico y psicológico, tan­to o más devastadora que la del terrorismo de la guerrilla urbana».

La realidad nos ha demostrado que si en Argentina se terminó con el terrorismo de la guerrilla urbana -que es posible vuelva a actuar de nuevo- no se hizo frente al terrorismo económico y psicológico. Es más, esta clase de te­rrorismo, el peor de todos porque aniquila material y moralmente a una nación, ha ganado la batalla más seria y profunda.

Pero el dramatismo de la situación no puede olvidar que en Buenos Ai­res y en todo el país, cayeron asesinados por las balas homicidas cientos de hombres y de mujeres, militares y civiles. Los Montoneros y el Ejército Revolu­cionario del Pueblo tienen en su haber mucha sangre argentina.

Las Madres de mayo podrán tener sus razones. Yo no quiero discutirlas ahora. Pero lo cierto es que si la represión del terrorismo se hizo vitalmente, biológicamente necesaria, fue porque había terrorismo; y el terrorismo no es sólo un vocablo o un concepto; el terrorismo es un método avasallador y humillan­te que utiliza la guerra subversiva y que emplea unos hombres y unas mujeres concretos, con nombres y apellidos, entrenados rigurosamente para dicho fin, protegidos por infraestructuras bien organizadas y superestructuras protectoras e influyentes, que matan sin piedad.

Esa larga lista de asesinados por los guerrilleros, que publicamos en las páginas siguientes, no es una invención. Todos y cada uno de ellos tenían también madres y familia. Pero esas madres y esas familias y su inmenso dolor se marginan, y su lamento se algodona y enmudece silenciándolo. Esas víctimas no existen para la opinión pública, no cuentan para nada. Aquí sólo merecen un recuerdo los hijos de las «Madres de Mayo», que quizá fueron precisamente los que manejaron las metralletas del terror y que aprendieron en sí mismos el cum­plimiento de la frase recia del Maestro de la Verdad: «el que a hierro mata a hierro muere».

No hace mucho, un oficial de la aeronáutica argentina -de la que forma parte un cuadro excelente de soldados- me refería la contestación de uno de sus compañeros, héroe de la guerra de Las Malvinas, a una de las famosas madres de Mayo, que solicitó su firma al pie de un escrito de reclamación y protesta al anterior presidente de la República: «Señora -respondió-, no tengo ningún inconveniente en firmar, pero déjeme que le diga una cosa: Vd., que no supo formar a su hijo, tiene al menos la mitad de la culpa de lo que a su hijo le ha­ya podido suceder».

Y no fueron sólo los asesinatos, sino el desprecio y la burla a lo más digno y noble, lo que cosechó la guerrilla. ¿Por qué no se trae a las primeras planas de los diarios y revistas, a los noticieros informativos de las emi­soras de radio, a las secuencias más incisivas de la televisión, que las espo­sas de varios oficiales argentinos fueron violadas, secuestradas y puestas en libertad días antes de que la gestación terminase y el alumbramiento se produjera?

Aún conservo copias de las cartas amenazantes de la guerrilla a algu­nos amigos entrañables de allí. Los términos más duros mezclados con la blasfe­mia se mezclan en el texto, y hasta el sarcasmo de una felicitación efusiva porque se les ametrallaba, haciéndoles mártires, en la fiesta de Cristo Rey,

Así cayeron, sin que para fines políticos y publicitarios otras madres de mayo y de todos los meses ofrezcan el espectáculo folklórico de sus marchas y declaraciones continuas, centenares de argentinos, entre los cuales quiero citar expresamente, por mi vinculación ideológica y afectiva con ellos, a Carlos Alberto Saccheri y a Jordano B. Genta, los dos ametrallados a pleno día en las calles rioplatenses.

Permítame la esposa de Genta, una mujer admirable que se llama María Lilia Losada, que concluya este breve trabajo sobre la Argentina, en cuyo amor se enciende mi alma, con un trozo profético de sus «Glosas del Buen Combate», en el que parece haber previsto el cadáver derrumbado de su esposo inolvidable: «Por Dios y por la Patria, ya ha llegado la hora de la espada. En el cielo ar­gentino: signo celeste de la Cruz del Sur sobre la húmeda tierra ensangrentada. Y la Cruz sostenida por las manos sin vida, firmemente amarradas al leño de la Vida».

¡Hermanos argentinos, mártires de la causa común y mártires, por ello, del peor de los pecados, que es el del olvido emparejado a la cobardía: Gracias por vuestro ejemplo, gracias!

UN CAPITÁN, UN CAUDILLO, UN IDEAL – Noviembre de 1984

¡Españoles que guardáis en vuestras almas el tesoro de la grati¬tud y de la hidalguía! ¡Europeos y americanos que amáis a España, y que en la hora de la vergüenza, de la cobardía y del miedo, y a pesar de las amenazas de que ha sido portavoz el "Diario 16", el periódico de la libertad sin ira, rendís con nosotros homenaje público a esas dos figuras, señeras y ya universales por ser auténticamente españoles, de José Antonio y de Francisco Franco!