
HOY Y MAÑANA DEL 18 DE JULIO – julio de 1988
Artículo publicado en «Fuerza Nueva», 20 de Julio 1.968
El punto de arranque de una etapa histórica, como la que se inició el 18 de julio de 1.936, no puede pasar inadvertida. Un hombre que ame a su país y que sienta inquietud por su futuro, está obligado a la reflexión cuando la hoja del almanaque le brinda un recordatorio de cuanto significó aquella fecha.
Desgraciadamente, la historia del acontecer bélico y político que en aquella ocasión fue inaugurada ha sido escrita en gran parte por los vencidos o por quienes simpatizaron con ellos, y por desgracia, también han sido demasiado influyentes los grupos de presión instalados en el esquema de mando de los vencedores, que han cifrado su tarea en el olvido sistemático de la lucha ideológica librada en aquel entonces y en la fijación de una línea de equilibrio que, a lo sumo, compensa y justifica las razones que movilizaron a los combatientes de ambas trincheras.
Para mí, la meditación actualizada del 18 de julio me lleva, con toda sinceridad, al análisis de este fenómeno que no ha hecho más que producir roces superficiales en el modo de pensar de nuestro pueblo, pero que a la larga, si no se reacciona a tiempo y con energía, puede llevarnos a la conclusión de lo estéril e injustificable del Alzamiento, desilusionando a los que fueron artífices de la Victoria y despegando sentimentalmente de la misma a quienes han venido y vienen recibiendo del sacrificio de cuantos lo hicieron posible, una continuada lección peyorativa.
El fenómeno a que aludimos ha alcanzado dimensiones más claras desde que, a nuestro juicio, con error evidente, lejos desmejorarse nuestro ordenamiento jurídico sobre la información -necesitando sin duda de reforma- fue empeorado al cambiarle de signo. A unos juristas puertorriqueños los oí comentar lo difícil que era mantener en la isla un código civil, como el español, con una ley de procedimientos de tipo norteamericano, y todos vamos conociendo que el obstáculo mayor que los trasplantes representan, radica en la repulsión y adaptación del órgano extraño a la fisiología del paciente.
Algo así ocurre, a mi modo de ver, con un sistema jurídico de la información que en sus líneas fundamentales no coincide con la filosofía política del Estado en que funciona. El choque -con resonancias que son demasiado públicas para que merezcan comentario- se produce de manera irremisible, y una de dos: o el Estado corrige los errores cometidos por la Administración, o el Estado cambia a sí mismo.
Por ello, cuando tanto se expresaba sobre la conveniencia y hasta urgencia de llevar a término determinadas nacionalizaciones, yo me atrevería a sugerir, por lealtad al espíritu del 18 de julio, y ante las consecuencias del ensayo que padecemos, lo que el país necesita es, antes que nada, nacionalizar la información.
Aclarando las ideas, quiero decir, que mientras bajo la palabra tabú de las nacionalizaciones se enmascara un traspaso de propiedad al Estado, o sea, una estatificación, para mí, “nacionalizar” y, sobre todo, nacionalizar la información, no implica -incluso en este caso, rechaza- dicha estatificación, sino que exige tan solo que quienes manejan o tienen la titularidad de los medios de comunicación social los pongan al servicio del «bien común de la nación, cuyas líneas maestras se hallan contenidas en un Derecho constitucional que se reputa inviolable.
La segunda observación que se me ofrece al reflexionar sobre el 18 de julio actualizado, es la contradicción manifiesta, entre el Movimiento político, con su contraste lícito de pareceres, y la preconizada libertad de asociación en la Universidad hecha en varias ocasiones por altas personalidades de nuestra nueva administración educativa.
Si esta libertad de asociación fuera el cauce de inquietudes benéficas, apostólicas, deportivas, recreativas o culturales, su camino bien amplio se halla en la ley que regula este tipo de personas jurídicas, y no hubiera sido necesario acudir a proclamaciones autorizadas que no amplían el campo de lo que siempre ha sido viable.
El pluralismo asociativo en la Universidad, de que se nos viene hablando, no es otra cosa que el campo de experimentación de los partidos políticos, la legalización de la clandestinidad, la apertura, con disfraces que no van a ser ni siquiera prudentes, de todo aquello que en los últimos cursos ha sembrado la discordia, el desorden y la hostilidad contra lo que el 18 de julio representa.
Si el Movimiento político español admite la posibilidad teórica y práctica de una yuxtaposición y coexistencia del régimen de partidos en las Universidades y de exclusión y condenación de tales agrupaciones en el resto de la vida nacional, puede considerarse disuelto y definitivamente inoperante. Se convertiría, caso de mantenerse, en algo parecido a esa ininteligible «Comisaría Nacional para el S.E.U., para un S.E.U. que hace años dejó de existir.
Por último, nada para mí más aleccionador del distanciamiento político del 18 de julio, más contradictorio con la unidad, la grandeza y la libertad de la Patria, que la autorización que el Gobierno pudiera recibir de las Cortes, para completar lo que se viene llamando proceso de descolonización de Guinea. Si dos provincias españolas se independizan, la unidad sufre. Si dos provincias españolas se independizan, su grandeza se quebranta. Si dos provincias españolas se independizan no por la voluntad de sus habitantes -hecho, por otro lado, de escasa significación para los que entienden a las patrias como fundaciones- sino por la avaricia de la nueva colonización económica de otros países, es indudable que nuestra libertad se agrieta.
Si a ello se añade que la Constitución que España ofrece a Guinea nada tiene que ver con nuestro Derecho constitucional, resulta enojoso y hasta escaso de ejemplaridad que el Estado quiera para aquel trozo lejano de nuestro país, lo que todavía, oficialmente, se considera como un mal entre nosotros.
No sería fiel a mí mismo, si no dijera que, por los motivos señalados, considero que el hoy del 18 de julio se halla en revisión por parte de quienes han asumido con juramento el deber y el oficio de custodiar su fuerza política. Pero tampoco daría expresión a mi modo de pensar y de sentir, si no señalara que, pese a tantas vacilaciones y entreguismos, la carga ideológica de aquella fecha, su vigor estimulante, su impregnación en capas muy profundas del país, movilizará de nuevo a los mejores. Una fuerza nueva, como dijo Francisco Franco en Burgos, al servicio de las ideas intangibles que estimamos consustanciales por España y que la hicieron renacer el 18 de julio, galvanizará a la nación entera. Será entonces, cuando decantada y purificada la administración de cuerpos y ordenamientos extraños al quehacer histórico que se inició con el Alzamiento, la fecha que hoy recordamos, aparte de una conmemoración oficial y obligada, habrá hecho carne y espíritu indiscutible, irrenunciable y animador de una Patria que no ha renunciado a sí misma.